5.septiembre.2020
Aún no había escrito nada en esta sección, pero he de reconocer que tampoco habían encontrado nada que decir que mereciese ser contado hasta hoy, cuando me encuentro inmerso en la corrección y reescritura de mi última novela. Aconsejado por gente muy cercana y en la que confío, trato de aligerar los primeros capítulos, que como cualquiera que esté algo familiarizado con la literatura sabrá, son vitales para crear una obra medianamente interesante. Pero me hallo ante el gran problema de todo escritor, un problema que siempre trato de evitar planificando mis obras cuidadosamente de antemano: el efecto dominó. Y es que la narrativa se construye, aunque muchos no quieran reconocerlo, casi siempre como un reloj o como cualquier otro ingenio de precisión equivalente. Cada pieza debe relacionarse de forma lógica y consecuente con la anterior, y no hay lugar para la superficialidad más allá de los detalles que se le puedan añadir a la máquina para adornarla. El oficio de escritor no es caos e imaginación. Exige un conocimiento básico de cómo funciona el ser humano y a menudo la resolución de los conflictos que planteamos es necesariamente una sola. Por ejemplo, la conclusión lógica de todo esto es que estoy aquí, sentado delante de la playa y sin poder bañarme porque cada vez que intento escribir un suceso o un personaje en un sitio diferente, el resto de la novela se me cae como un castillo de naipes. En fin.